Como cientos de mujeres nicaragüenses, mi vida está unida a la historia de la movilidad forzada. Este no es mi primer exilio. Enfrenté mi primer desplazamiento siendo una niña refugiada en Honduras durante la guerra civil de los años 80, y ahora soy una mujer adulta refugiada en Costa Rica, reinventando mi vida profesional y emocional en un deambular que me conecta con diversas historias y violencias.
Soy Abigail Hernández, filóloga y periodista nicaragüense, directora de la plataforma digital Galería News, cofundadora de “La Sala, mujeres en la redacción” y activista por la libertad de prensa, expresión y pensamiento.
A propósito del pasado 25 de julio, «Día Internacional de la Mujer Afrodescendiente». En este proceso reflexivo, como periodista, voy a escribir sobre fútbol y afro descendencia con rostro de mujer. Tal vez piensen que no tienen nada que ver, pero en este 2026, fútbol, racismo y afrodescendencia tienen todo para convertirse en un cuestionamiento social importante hacia la hipocresía de los sistemas estatales y sociales que enfrentamos y que consciente o inconscientemente aún respaldamos cuando somos indiferentes.
Lo primero que voy a señalar es que para mí la afro descendencia tiene rostro de mujer. Han sido ellas, las hijas de madres negras esclavizadas que durante la colonia fueron forzadas y convertidas en mujeres migrantes, quienes luchando contra un sistema racista y desigual legaron, a través de sus resistencias y descendencia, gran parte de la riqueza cultural latinoamericana: música, gastronomía, lengua y literatura oral.
Señalado esto, paso a hablar de fútbol y es que veo con claridad que el Mundial 2026 es una vitrina donde el racismo y el sexismo operan en perfecta comunidad. Según el portal Afrofeminas, la Copa del Mundo 2026 ha dejado datos alarmantes que demuestran cómo las plataformas digitales y las instituciones siguen fallando frente al odio hacia la población afro.

Foto: Deccan Chronicle
La FIFA detectó 89.000 publicaciones injuriosas en redes sociales, trece veces más que en Catar 2022, cuando se registraron 6.700. El 11% de esos mensajes fue de carácter racista, la categoría más numerosa entre todo el contenido ofensivo, para el Servicio de Protección en Redes Sociales de la FIFA (SMPS), este mundial rompió los récords de violencia: más del 10% de los comentarios fueron estrictamente racistas y se expresaron en 50 idiomas distintos.
Tras los debates del torneo, figuras de la política sudamericana lanzaron ataques directos. La senadora paraguaya Celeste Amarilla atacó públicamente a Kylian Mbappé llamándolo «camerunés colonizado», restregándonos las nefastas frases de las colonias europeas en su despiadado paso por las naciones africanas: «en vez de leche materna chupaba cocos». La señora se siente blanca y empoderada.
Celeste Amarilla metió las manos en la mierda durante el mundial como ella misma afirmó en su retórica política: «Si hay que meter las manos en la mierda, vamos a meterlas». En el camino, se olvidó por completo de las más de 85.000 personas afroparaguayas que habitan su país.

Foto: MILENIO
Argentina siguió la misma línea. La vicegobernadora de Mendoza, Hebe Casado, tuiteó de forma despectiva: «Muy bien Paraguay. El equipo africano flojo de modales. No lo aguanto a Mbappé». Parece que más de un cuarto de millón de afroargentinos no son suficientes para que la mandataria entienda que esta población también debería ser su prioridad y objeto de respeto.
Pero ellas dos no son las únicas. Los cánticos en los estadios se sumaron a los incidentes virales, como los ataques a creadores de contenido afrodescendientes en las sedes estadounidenses, a quienes los hinchas les gritaron que «fueran a llorar al zoológico». La hinchada argentina desempolvó el peor fantasma de Catar y recordó en redes aquel canto terrible: «Escuchen, corra la bola… juegan en Francia pero son todos de Angola. Qué lindo es que van a correr, son ‘come trabas’ (travestis) como el puto Mbappé. Su vieja es nigeriana, su viejo camerunés pero en el documento, nacionalizado francés».
Incluso en TikTok se volvió viral el video de una madre argentina que graba a su hijo mientras este mira a un mono en un alambrado y lo llama “Vinícius”, en referencia al jugador brasileño. Vemos entonces los cruces de una realidad que se camufla de juego, pero que es perversa. Sigue siendo reproducida por hombres y mujeres que, como madres, padres o políticos, validan el racismo. No son solo Celeste Amarilla o Hebe Casado; son las estructuras políticas a las que pertenecen y que, hasta la fecha, no las han sancionado.
También te recomendamos leer Fútbol y migración: mi historia de libertad escrito por María José Gamboa.
Tampoco se sancionó a las hinchadas, y desde este rinconcito en Centroamérica yo me pregunto si hombres negros, millonarios y respaldados por los reflectores mundiales sufren esta violencia sistemática, ¿qué queda para las mujeres afrodescendientes comunes, para las que son aún más vulnerables, las que pertenecen a al segmento de migrantes o exiliadas?
Para las mujeres afrodescendientes el racismo no se vive igual; a ellas les cruza el machismo y la xenofobia en una opresión implacable que el feminismo negro define como misoginoir. Mientras al futbolista afrodescendiente se le ataca desde la ciudadanía o la «fuerza», a la mujer afro común se la hipersexualiza, se la invisibiliza en los espacios de poder o se la encasilla en la servidumbre.
Y nuevamente pregunto ¿qué le espera a la mujer afrodescendiente común? Esto no es sobre fútbol, es sobre el trasfondo, sobre racismo, identidad y afrodescendencia; de las madres de los futbolistas los medios no hablaron, nadie fue a preguntar sobre sus historias y sentires, sobre sus luchas y los obstáculos vencidos y los vigentes, lo mismo pasa en con las mujeres afrodescendientes en Centroamérica seguimos sin preguntarles sobre su historia de resistencia y resilencia y si en nuestros países no se les toma en cuenta a la “nacionales” peor a las migrantes.
Hablando de realidades concretas, en Costa Rica y Centroamérica, la invisibilización de las mujeres afrodescendientes se presenta en un racismo estructural que toma matices burocráticos y geográficos perversos.
Las mujeres afrodescendientes migrantes —tanto las exiliadas por motivos políticos como aquellas en flujos migratorios de tránsito transcontinental como el de las mujeres haitianas— se enfrentan a la regularización migratoria como una barrera importante, empecemos por destacar que esta situación es aún difusa, pues instituciones como UNICEF señalan que no existe una cifra oficial exacta y desagregada sobre cuántas mujeres afrodescendientes migrantes residen actualmente en Costa Rica.
La falta de datos institucionales desagregados con enfoque étnico-racial invisibiliza su situación económica, relegándolas al empleo doméstico precario o la informalidad en la Gran Área Metropolitana (GAM), donde sufren una constante extranjerización mediante la invalidante pregunta de «¿tú de dónde eres?», cómo si el territorio del Valle Central les estuviera vedado, otra micro invalidación que señalaría el psicólogo Derald Wing Sue (de la Universidad de Columbia) quién amplió y popularizó el término» ¿De dónde eres?» como un sesgo de exclusión para el no reconocimiento de derechos.

Fotografía por Carlos Herrera
Peor aún es el panorama en las fronteras centroamericanas, donde los cuerpos de las mujeres afrodescendientes en tránsito son criminalizados bajo discursos de seguridad nacional, exponiéndolas, por ejemplo, a la violencia obstétrica, la falta de salud digna y abusos sexuales sistemático, las denuncias parecen quedar pérdidas en las burocracias de los gobiernos centroamericanos y el UNFPA lo reconoce.
Podría continuar señalando más desigualdades, pero continuaré remarcando ésta: la de la falta de datos, cifras, el nombramiento de esa desigualdad por parte de los gobiernos centroamericanos, en particular el de Costa Rica, seguimos caminando por territorios racistas que aún obedecen al aspecto físico, al color de la piel, al acento, el idioma, seguimos racionando el acceso a derechos humanos por grupos étnicos. La falta de información es el ejemplo claro de la indiferencia a la problemática.
Seguimos sin aceptar la afro descendencia, aunque seamos parte de ella cuando la bailamos, la comemos en el picante y la yuca, la hablemos y la vistamos. Necesitamos traspasar las efemérides del 25 de julio y el activismo digital pasivo y transitar de la denuncia en redes sociales a la transformación de las estructuras del Estado.
Necesitamos exigir a los gobiernos y como mujer exiliada y migrante en Costa Rica, ¡a este gobierno! La implementación de sistemas de registro migratorio con autoidentificación étnica, para que se puedan diseñar políticas públicas reales de inclusión laboral y salud reproductiva para las mujeres afrodescendientes migrantes.
Urge empezar a pagar la deuda histórica que tenemos con las mujeres afrodescendientes de una manera real. Debemos descentralizar los espacios de toma de decisiones, asumir la educación histórica en las escuelas más allá de la efemérides y los eventos culturales de un día al año sobre afro descendencia, hay que abrir las redacciones de medios de comunicación para narrar la vida de las mujeres de afrodescendientes desde sus aportes y legados como parte de nuestra identidad, porque mientras la dignidad humana dependa del color de una camiseta, de un estatus migratorio o del color de la piel no podemos decir que somos sociedades justas e integrales.
Sobre la autora:
Abigail Hernández es periodista, filóloga y defensora de derechos humanos nicaragüense, especializada en la cobertura de temas sociales y el seguimiento a la libertad de prensa, expresión y pensamiento. Es fundadora y directora del medio digital Galería News, plataforma que combina el fotoperiodismo de gran formato con foros comunitarios para documentar la realidad socio-política de la región. Asimismo, es impulsora de La Sala: Mujeres en la Redacción, iniciativa que reúne a directoras y comunicadoras independientes para visibilizar el liderazgo femenino en los medios. En el ámbito cultural, destaca como crítica literaria y autora del primer estudio integral enfocado en la obra de la escritora Gloria Elena Espinoza de Tercero.