Por: Diana Silva Carballo
Al menos estás a salvo
Es una frase que he escuchado muchas veces desde que llegué a Costa Rica y que, como mujer joven nicaragüense en el exilio, siempre me deja un sabor agridulce.
Porque sí, estoy a salvo
Hay días en que esa certeza pesa más que cualquier otra cosa. Estar viva también es un privilegio cuando vienes de un país donde opinar puede costarte la libertad, donde protestar puede significar la cárcel y donde ser joven, crítica y mujer puede convertirse en un objetivo.
Costa Rica abrió una puerta cuando en Nicaragua se cerraron todas las ventanas
Y lo digo con gratitud. No porque sea un país perfecto, sino porque miles de historias, incluida la mía, hoy pueden seguir contándose gracias a que una frontera permaneció abierta cuando la violencia nos expulsó de nuestro propio país.
Pero agradecer no es lo mismo que callar
Agradecer no significa renunciar al derecho de señalar aquello que duele, aquello que excluye, aquello que sigue impidiendo que quienes buscamos protección podamos vivir con dignidad.
El próximo 28 de agosto cumpliré cinco años de haber llegado a Costa Rica. Y, sin embargo, apenas cumpliré un año de haber sido reconocida como refugiada. Cinco años habitando este territorio; solo uno siendo reconocida oficialmente como alguien que necesitaba protección desde el primer día.
Cinco años pueden parecer una cifra, para mí son una parte de mi juventud.
Son los años en que aprendí que el tiempo también puede convertirse en una frontera.Esperé cuatro años para recibir una respuesta del Estado. Cuatro años durante los cuales no dejé de vivir, pero tampoco dejé de esperar. Esperé mientras iba una y otra vez a la Unidad de Refugio para escuchar siempre la misma respuesta: “esperé el correo”. Esperé sentada en las filas del EBAIS para atender complicaciones de salud relacionadas con la diabetes y con un trastorno alimentario. Esperé en la Caja Costarricense del Seguro Social para resolver trámites que parecían no terminar nunca. Esperé en el Ministerio de Hacienda para pagar impuestos porque, al no contar con un pasaporte vigente, mi cuenta bancaria no podía vincularme al sistema.
Esperé
Y mientras el expediente esperaba, mi vida seguía avanzando.
Porque la juventud no espera.
Los sueños no esperan.
Las oportunidades no esperan.
El refugio llegó, finalmente.
Pero descubrí que un documento no elimina todas las fronteras.
Hay respuestas que sigo esperando.
Hay espacios donde sigo sintiéndome una visitante.
Hay formularios que todavía me recuerdan que no pertenezco del todo.
Aunque esté a salvo, todavía hay momentos en los que esta sociedad me hace sentir una extraña.
Y sí, sé que muchas personas costarricenses también enfrentan largas filas, burocracia y servicios públicos saturados. La diferencia es que ellas pueden pasar desapercibidas, yo no:
Mi acento llega antes que yo.
Mi nacionalidad aparece antes que mi nombre.
Mi carné blanco muchas veces habla antes de que mi historia.
He visto cómo cambia una mirada cuando entrego mi documento. He escuchado a un conductor de Uber decirme que “no parezco nica”, como si existe una manera correcta de ser nicaragüense fuera un cumplido. He tenido que responder preguntas que ponen en duda la lucha de mi pueblo y cargar con prejuicios que reducen nuestra identidad a estereotipos de pobreza, violencia o amenaza.

Fotografía de cortesía por la autora. Créditos: Infomedio.
La xenofobia rara vez se presenta con grandes discursos.
Con frecuencia se esconde en gestos pequeños, en silencios incómodos, en oportunidades que desaparecen y en la necesidad constante de demostrar que merecemos estar aquí.
Pero esa no ha sido la historia que he decidido contar sobre mí.
Yo he respondido organizándome.
He respondido defendiendo los derechos de las mujeres.
He respondido acompañando a mujeres migrantes.
He respondido trabajando con juventudes, construyendo comunidad, estudiando, aprendiendo y creyendo que el exilio también puede ser un lugar desde donde transformar el mundo.
No permití que la xenofobia definiera quién soy, porque soy mucho más que una persona refugiada. Soy una mujer que tuvo que irse para salvar la vida, pero que se negó a renunciar a su voz.
Hoy habito este territorio con afectos, amistades y vínculos que también son hogar, pero el exilio sigue habitándome
No es una condición migratoria, es una forma de cargar la memoria. Es amar un país que me abrió la puerta sin dejar de exigirle que esa puerta conduzca a una vida digna para quienes llegamos buscando protección.
Te invitamos a leer el artículo 'entre el cuidado y la resistencia: ¿Cómo sostenemos la vida las mujeres jóvenes migrantes?' escrito por Juanita Bonilla Mejía.


Fotografías de cortesía por la autora.
Porque agradecer nunca debería ser el precio del silencio
Yo existo, yo resisto.
Y mientras Nicaragua siga siendo un lugar al que no puedo volver en libertad, seguiré habitando el territorio que me permita vivir sin miedo, llevando conmigo la certeza de que ninguna frontera puede contener la dignidad de una mujer que decidió sobrevivir sin dejar de luchar.
Aprendí que el exilio no termina cuando un Estado entrega un documento. Termina, quizá, el día en que una deja de sentir que debe justificar su existencia. El día en que el acento deja de ser sospecha, el carné deja de ser una explicación y la palabra «refugiada» deja de nombrar una carencia para nombrar un derecho. Mientras ese día llega, seguiré agradeciendo la puerta que Costa Rica decidió mantener abierta. Pero también seguiré creyendo que la hospitalidad no puede conformarse con salvar vidas: tiene que permitir que esas vidas florezcan.
Porque nadie debería pasar los mejores años de su juventud esperando que le permitan pertenecer.
Sobre la autora:Diana Silva Carballo es una profesional nicaragüense refugiada política en Costa Rica, comprometida con la defensa de los derechos humanos, la democracia y el fortalecimiento de la sociedad civil. Cuenta con experiencia en la gestión de proyectos, la incidencia y el trabajo con juventudes y mujeres migrantes y organizaciones sociales en Centroamérica. Su trabajo se enfoca en promover la participación ciudadana, la protección de derechos y la construcción de iniciativas que fortalezcan la resiliencia y el liderazgo de comunidades en contextos de movilidad humana y autoritarismo.