Autora: Juanita Bonilla Mejía
“Ser una colcha de retazos […] es ser muchas cosas: sábana, abrigo o mantel de picnic. Quiero decir, que es sostener a una multitud de voces y entender que, a lo mejor, naciste coro y no solista” – Lina Botero.
Las libretas y los libros me han acompañado los últimos seís años de mi vida, como una forma de mantener viva la memoria y un refugio cuando me encuentro en soledad. Aunque, es más una manera de recordar a mi mamá, quien me enseñó a leer y a escribir, con quien migré a mis tres años a un país que no se parecía en nada al nuestro. A mis doce años tuve que seguir mi vida sola, porque la muerte es cruel y malvenida, que arrebata sin piedad los sueños de una niña que no podía decidir.
Pasé mi adolescencia en Colombia, el cómo la viví es otra historia. Mi familia materna y mi papá, siempre trabajaron por brindarme lo mejor, para mi el privilegio más grande era tener la nevera llena y una educación óptima, con algún que otro libro. Cuando comencé mi vida universitaria en la carrera de Psicología, encontré un mundo diverso que me llevó a cuestionar todo lo que yo era en mente, cuerpo y espíritu. Claro, nadie te prepara para cambiar y comenzar a percibirte como sujeta de derechos.

Claustro Comfama de San Ignacio, Medellín. Fotografía tomada por la autora (2024).
Volví a migrar a Costa Rica siendo jóven, aprovechándome de los diferentes privilegios que se me desbloquearon al obtener una nacionalidad tica, porque, aunque tengas una condición migratoria “regular”, acceder a derechos que se dicen fundamentales, sigue siendo una falacia… Ahora, imagínense para aquellas personas que el sistema les considera “irregulares”.
Sin embargo, mi retorno transversalizaba el hecho de que podía acceder a una educación superior pública y de calidad en una carrera de Ciencias Sociales, como el Trabajo Social; con la posibilidad de re-vivir con mi microfamilia (hermana, padrastro y mascota), de construir nuevos vínculos, de confiar más en mis habilidades y capacidades, de materializar algunos sueños anteriormente olvidados, y de crear a la mujer que soy hoy.
En ese camino de irme descubriendo, he ido concluyendo que, soy esa colcha de retazos que describe Lina Botero, que fue bordada con cuidado por las manos de mi mamá, mi abuela, mis tías, mis amigas y las mujeres que han tenido un gran efecto en mi vida. Así, como yo también he bordado con amor en las suyas. Me descubrí en el gusto por los momentos de lectura, o cuando me surge una idea y la desarrollo en mi libreta, y en las emociones que brotan cuando me enternezco con mi familia al maravillarnos por la majestuosidad de la madre tierra.

Mujeres en marcha del 8M en el Parque Central de San José, Costa Rica (2026), / Foto: Daniela Cerdas Hernández.
Asimismo, me descubrí en el goce al reunirme con mis amigues, conversar y cuidarnos desde el afecto, como una forma de resistir a la individualización a la que nos conduce el sistema social actual. Por tanto, aquí comienzan a surgir una serie de cuestionamientos sobre las diferentes vivencias de las mujeres jóvenes migrantes y la política de un país, que dice reconocer la diversidad de las juventudes y enfocarse en las personas que han sido más excluidas.
Hablar de afectos, cuidados y ternura con mis amigas, es retornar al pasado habitado por las abuelas y las tías que nos cuidaban de niñas; hoy siendo mujeres jóvenes tendemos a caer en una lógica de cuidado a la otredad. Según la Política Pública de la Persona Joven (PPPJ) 2026-2030, posterior a la pandemia, 5 de cada 7 mujeres tenían responsabilidades de cuido asignadas, estos datos revelan la alta feminización de los cuidados y del trabajo doméstico no remunerado. Lo anterior, muestra las limitaciones que conlleva para las juventudes femeninas su participación en trabajos remunerados, que a su vez les impide estudiar o pensar en otros futuros posibles.
Pero, ¿quién cuida de nosotras? Mi amiga Noydis, migró de Nicaragua a Costa Rica siendo niña, y al igual que yo los últimos años hemos sido cuidadas por nuestras familias interespecie, amistades y pareja, también por personas con las que hemos coincidido, y que, de forma muy genuina nos toman en sus brazos y nos hacen sentir seguras. Por otro lado, llegamos a deducir mediante nuestras vivencias y los acontecimientos nacionales, para con las mujeres migrantes, que el Estado no nos garantiza un cuidado real hacia nuestras cuerpas, nos desestima y excluye de todo aquello que en el papel dispone.
Por ende, existe una alienación institucional no solo hacia las mujeres jóvenes costarricenses, sino hacia aquellas que hemos migrado en busca de mejorar o poner en seguridad nuestras vidas.
Entonces, ¿a qué derechos hemos podido acceder? Noydis y yo, de pequeñas logramos insertarnos en instituciones educativas, en donde sufrimos bullying por nuestras nacionalidades; pero, en la adolescencia muchas mujeres entre ellas mi amiga, se enfrentaron a una decisión que cambia el rumbo de sus aspiraciones y metas personales, el seguir estudiando o trabajar para sobrevivir.
Sin embargo, trabajar implicó e implica estar bajo la informalidad, no acceder a garantías laborales ni a un salario justo. Lo que limita el acceso a otros derechos como la salud, la vivienda, la seguridad alimentaria, el acceso a la información y a la libertad de expresión. Lo cual es paradójico, ya que según la PPPJ 2026-2030, no se deja a nadie atrás y para transformar a una Costa Rica, las juventudes deben acceder a derechos plenos, vivir libres de violencia y tener oportunidades.
Mientras redacto este artículo, pienso en que tanto Noydis como yo, logramos sentir que teníamos acceso real a derechos cuando adquirimos nuestra nacionalidad. Pero, hemos tenido que luchar contra una cultura que se cree blanca y superior, con un discurso nacionalista de extrema xenofobia, que nos sigue poniendo trabas y que pretende hacernos sentir vergüenza de lo que somos. Porque para Noy y muchas mujeres más, en Costa Rica “no tienes derecho a nada, ni a cantar tu himno nacional”, te hacen renunciar a todo, solo por una nacionalidad.
Aún así, resistimos desde el orgullo de decir: “¡Soy colombiana!” “¡Soy nicaragüense!”, y a partir de ahí, romper con todos los estigmas sociales que han puesto sobre nuestros hombros de lo que “deberíamos ser” las mujeres colombianas o nicaragüenses. Y no lo pensamos desde una postura de demostrarle a la gente, más bien, desde la reivindicación de lo que toda la vida nos han hecho creer que debería avergonzarnos.
Todos los días pequeñas acciones de resistencia han sido parte de nuestra rutina: el comer, el vincularse desde la afectividad, el estudiar, el leer, el mirar a las personas a los ojos, el alzar nuestra voz ante cualquier situación injusta, escuchar música de nuestros países, el bailar, el abrazar a las personas que queremos, el cuestionar actitudes o pensamientos que transgreden a otras personas.
Así, como para mí resistir implica habitar los espacios sin miedo, para Noy es sobrevivir. Por ende, vivimos resistiendo y alertas, y aunque muchas veces nos cansamos de ello, seguimos dando lidia, porque soñamos con transformar poco a poco la vida que tenemos en colectivo o como individuas.
Por eso, la mayoría de mujeres jóvenes migrantes resistimos en todos los espacios donde habitamos, construimos redes con otras compañeras, nos sostenemos entre las amigas cuando el mundo se nos cae, apoyamos los movimientos sociales e incidimos en espacios políticos, producimos conocimientos situados desde la academia y apostamos siempre a la ternura radical en nuestros vínculos.
Sin más, mi mensaje para todas las mujeres que están fuera de sus países, lejos de sus familiares y construyendo una vida desde las posibilidades que les brinda un Estado, es: en la vida hay más personas buenas dispuestas a apoyarnos, escucharnos, abrazarnos y darnos impulso en los momentos donde sentimos que no podemos más. Permítanse tejer más retazos a la colcha para poder sostener y ser sostenidas.
“Migrar no es un delito, seguimos siendo personas”. – Noydis Rodríguez.

Sobre la autora:
Juanita Bonilla Mejía, jóven colombiana de 26 años, estudiante de trabajo social. Desde un enfoque feminista interseecional, va por la vida cuestionando, conversando, observando y dando sentido a los diferentes fenómenos sociales de la actualidad. Lectora empedernida, cofundadora de El Retorno, un espacio virtual para compartir sobre libros, reseñas analíticas y para ir creando poco a poco comunidad.
Noy en la izquierda, Juani en la derecha.