Por: Myriam Alejandra Morales Albarracín
A los diez años tuve que aprender a fabricar toallas sanitarias con papel higiénico, mientras me ingeniaba cómo tomar prestadas las de mis tías sin que se dieran cuenta. Vivía en Colombia, había viajado a la casa de mi abuela meses después de mi menarquía (primera menstruación) y esta vez mi mamá no estaría para ayudarme.
Tenía pavor de que el resto de mi familia descubriera que “yo ya era una mujercita” porque me había llegado la regla. No sabía lo que eso significaba… sentía tanta vergüenza e incomodidad, que preferí ir al baño cada veinte minutos a enrollar mis calzones con kilómetros de papel, antes de que alguien notara que cargaba con esa mancha.

Infografía elaborada por Génesis Rodríguez de Campaña de comunicación de Niñas Sabias y Voces Nuestras.
EL CONTEXTO
Durante casi dos años pude ocultarle a la mayoría de mi familia eso que me aterraba cada mes, a un alto costo, que al salir de casa mi única red de apoyo durante mi menstruación fuese yo misma: desinformada y con las monedas que lograba ahorrar. ¿Por qué mi menstruación tenía que aislarme? ¿Solo la sangre producto de la guerra merece ser vista, celebrada?
Veinte años después, no muy lejos de mi país la situación sigue siendo bastante parecida. En Costa Rica, en el Proyecto de Educación Menstrual Sanas, Seguras y Sabias en el que se capacitó a 151 niñas y adolescentes en 2024, se identificó que 1 de cada 3 niñas participantes, preferían mantener en secreto su menstruación. Adicionalmente el 44% de las beneficiarias asociaban este proceso fisiológico con los sentimientos de miedo, enojo y tristeza, según la consulta realizada a Niñas Sabias – Asociación Civil.

Tomada por Mariam Varela Lackwood. Taller de Educación Menstrual en Tortuguero. Aparece en la foto Myriam Alejandra Morales Albarracín y las niñas participantes del taller.
¿Cómo hablar tranquilamente sobre menstruación cuando en los centros educativos públicos no se promueve que la niñez y adolescencia conozcan sus cuerpos? De acuerdo con el CIEM, tras la eliminación del Programa de Afectividad y Sexualidad Integral en Costa Rica en 2025, se estaría incumpliendo con normas nacionales e internacionales que buscan fomentar el autocuidado, la prevención de violencias e informar sobre derechos de los que somos sujetas.
En Colombia, la deuda persiste, ya que no existen iniciativas públicas nacionales de alta cobertura que incorporen la educación sexual integral y mucho menos la educación menstrual, de acuerdo con la Agencia pedagógica por los Derechos Sexuales y Reproductivos. Mientras tanto, en América Latina y el Caribe “dos de cada cinco niñas faltan a la escuela durante su menstruación” según la OMS, esto prueba una de las fallas estructurales que hoy persisten.
También te invitamos a leer el artículo llamado "derechos sexuales y reproductivos en disputa: mujeres migrantes frente al escenario electoral 2026 en Costa Rica" por Ximena Castilblanco.
Cuando tenía siete mi tía me envió a la tienda para que comprara las “galletas del mes”. Como no entendía, le pregunté: ¿de fresa, chocolate o limón? Enojada me dijo que allá sabrían. Al preguntar por las galletas, Doña Arama, la dueña de la tienda, esperó a que todos salieran y bajó un paquete con toallas sanitarias, las envolvió minuciosamente en hojas de periódico y luego las metió en una bolsa negra, pidiéndome que tuviera mucha precaución… ¡el miedo no era invento mío!
El tabú menstrual se hace cada vez más evidente, no sólo se trata del ocultamiento sistemático de todo lo relacionado a la sangre menstrual, para Carolina Ramírez, educadora menstrual también es un sistema de opresión a través de la cual se normalizan creencias y prácticas sociales que excluyen, minimizan o ridiculizan a las personas menstruantes y se limitan sus derechos.

Composición de Génesis Rodríguez para la Campaña de comunicación de Niñas Sabias y Voces Nuestras. Aparece en la foto Lilliam Gonzalez educadora menstrual indígena de Costa Rica.
Menstruar sin miedo, en sociedad, con acceso a productos y educación integral y plural que permita una adecuada gestión menstrual, es clave para reducir el ausentismo escolar y favorecer la participación social durante los días de sangrado en el Sur Global.
No se trata de garantizar la productividad, a toda costa, como si menstruar no implicara retos y necesidades particulares, sino de recuperar la soberanía corporal: al decidir con autonomía sobre el cuerpo-territorio que habitamos cada día, sin que el estigma sea la única voz que toma las riendas de nuestras vidas.
EL VIAJE
Migré a Costa Rica para sobrellevar las dolencias que quedaron tras las diferentes violencias que había vivido en Colombia. La maestría en la que había sido aceptada era el barco que me permitiría navegar en este país con la promesa lejana de volver al mío. Pese a todos los cambios que debía enfrentar, pensaba inocentemente que en este viaje estaría completamente preparada para gestionar mi menstruación.
El miedo a mancharme y a no tener productos cuando los necesitaba, me hizo sistemática. Desde la adolescencia sabía cuáles y cuántos días menstruaba ya que registraba las fechas en un pequeño calendario con el que hacía mis predicciones; siempre guardaba en mis bolsos una toalla sanitaria en caso de emergencia.
A mis veinte años, había comprado una copa menstrual que además de permitirte ahorrar dinero, no producía la irritación que las toallas sanitarias sí dejaban en mi piel, todo esto, mientras sentía que ayudaba al planeta al contaminar menos.
Lejos de la superioridad moral, enfrentarme sola a la menstruación me había hecho buscar alternativas que hicieran más llevadero un proceso que era aterrador al percibir a mi cuerpo como un enemigo del que no podía escapar y con el que estaba aprendiendo a negociar. En ese momento empaqué lo que sabía y en 2022 empecé el viaje.
Soy consciente del privilegio de haber migrado bajo esas condiciones, me he sostenido con becas y trabajos temporales autogestionados (rebusque); pero sé que las realidades de otras personas menstruantes distan de la mía: hay cuestiones estructurales que atraviesan el cuerpo hasta enfermarlo.
No todas pueden ahorrar para comprar productos novedosos porque primero hay que asegurar el arroz con frijoles, y en el supermercado de la esquina no saben de termómetros basales, calzones, discos, copas menstruales o toallas sanitarias reutilizables.

Tomada por Mariam Varela Lackwood. Taller de Educación Menstrual con niñas rurales y migrantes de la Provincia de Limón. Aparece en la foto Myriam Alejandra Morales Albarracín y las niñas participantes del taller.
Un testimonio recogido por Plan Internacional muestra que, en contextos de alta vulnerabilidad socioeconómica, la escasez de productos para el cuidado menstrual puede llegar a generar situaciones de violencia física entre quienes buscan acceder a las limitadas donaciones. En Colombia, por ejemplo, quienes menstrúan y se encuentran bajo la línea de la pobreza usan entre el 6,2% y el 14,8% de sus ingresos mensuales para gestionar su menstruación, en 2024 de acuerdo con Francy Buitrago de la Universidad Nacional de Colombia.
¿Qué más evidencia se necesita para que los productos menstruales sean gratuitos en contextos de marcada desigualdad? ¿Por qué se sigue creyendo que la reducción del IVA es suficiente para reducir las barreras de acceso a este tipo de insumos?
No siempre las personas menstruantes tienen el tiempo, la información, ni redes de apoyo para registrar su flujo, lidiar con las críticas por haber cambiado sus prácticas de gestión menstrual o reivindicar sus técnicas tradicionales de autocuidado; que ahora son extrañas o incomprendidas por haber migrado. Ir más allá de la perspectiva higienista hegemónica genera tanta resistencia como liberación.
De acuerdo con ONU Mujeres la agenda pública en contextos coyunturales presenta los siguientes retos:
“La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) estimó en 2023 que las mujeres y las niñas suponen el 51% de todas las personas refugiadas. La menstruación no es algo que deje de existir en momentos de crisis. Sin embargo, la gestión de la higiene menstrual y la salud y la dignidad de las mujeres y las niñas no son una prioridad durante las crisis.” (énfasis añadido)
El empobrecimiento menstrual, como afirma Lina Corredor, va más allá de las dificultades individuales de acceso a los productos y servicios. Requiere que las instituciones públicas asuman su responsabilidad como garantes de derechos en situaciones de crisis o normalidad. En algunos territorios no hay agua potable, sistemas de saneamiento y alcantarillado lo que agrava la subsistencia para locales y foráneas con o sin menstruación.
LA TREGUA
En Costa Rica, las aguas eran más tranquilas y los truenos colombianos parecían calmarse, en ese momento mi cuerpo gritó desesperadamente. Producto del estrés crónico vivido previamente no podía correr, dormir, comer, sin extremo dolor y cansancio, especialmente durante mi menstruación.
Aquí y allá los médicos me decían que el dolor durante la menstruación era normal, así que lo silencie con analgésicos e infusiones durante años. Por mi incredulidad, poco después de llegar a este país decidí formarme como educadora menstrual y entendí la violencia que había detrás de esa afirmación.
A mis 29 años, mientras enseñaba a niñas y adolescentes que menstruar no las convertía mujeres, encontré en redes sociales a AENDOCR, allí facilitaban mapeos de endometriosis a precios asequibles. Por fin pude ponerle nombre a lo que vivía: endometriosis y adenomiosis ¡mis sospechas eran ciertas!


Myriam Alejandra Morales Albarracín durante la facilitación y el epílogo del Taller de Educación Menstrual en San Francisco de Tortuguero. Fotos: Mariam Varela Lackwood.
Tener el diagnóstico después de tantos años fue revelador, pero saber que no existía cura me abrumaba. No sabía si lograría conseguir un trabajo en el que ausentarme una semana completa cada mes sería viable, ni qué decir de la participación en actividades políticas o sociales que me apasionaban.
Pese al boom de la salud menstrual, todavía no hay información de fácil acceso y amplio alcance que permita comprender cómo la observación y el análisis del ciclo menstrual pueden mejorar la calidad de vida, al revelar desequilibrios en la salud sistémica y no solo a nivel reproductivo.
En diálogo con algunas mujeres y niñas refugiadas en Costa Rica, se llegó a la conclusión que la necesidad más urgente en este momento es la atención en salud integral. Esto requiere un personal médico interdisciplinario y altamente capacitado. La educación menstrual transformadora dirigida a toda la sociedad previene la violencia médica que padecen las personas menstruantes.
Después del diagnóstico, decidí integrar la teoría que había aprendido y aplicarla en mí con mucha compasión. Ya no tenía suficiente energía para sostener los prejuicios y exigencias patriarcales, así que debía escuchar lo que quería, podía y necesitaba para decirle que no a todo lo demás.
Estoy dejando ir mi versión complaciente y todopoderosa. Sin embargo, siento profunda plenitud al volver a mí, cuidándome con amor y sin rencor. Finalmente, mi cuerpo ha dejado de ser un campo de batalla y me gobierno en su compañía. Volví al activismo, inicié proyectos capaces de sostenerse con mi ritmo y co-creo refugios para menstruar con tranquilidad. Aunque mi proceso no ha sido fácil ni barato, estoy esperanzada al ver a la niñez abriéndose camino pese a los patrones y a la articulación de organizaciones que luchan por los derechos de quienes menstrúan.
¡El dolor hizo tanto ruido, que tuve que parar para encontrarme!
Sobre la autora: Educadora menstrual de raíz rural, disfruta hablar con la música a través del baile y los tambores. Habita los activismos que protegen el cuerpo y la tierra de los diferentes tipos de violencia. Por eso, hace parte del equipo de coordinación de Voces Libres Contra la Violencia Sexual, ha realizado investigaciones sobre conflictos socioambientales y promovió la permacultura desde la HAWE. Como administradora pública le apasiona la gestión y seguimiento de proyectos educativos, artísticos y comunitarios, así que no es raro verla tallereando en alguno de esos espacios desde la escritura, teatro o la música. Transita entre las aguas de la sierra, la selva y la playa, el movimiento la acompaña desde que tiene memoria. Actualmente finaliza una maestría en Evaluación de Programas y Proyectos de Desarrollo en la Universidad de Costa Rica.