Escrito por Francis Montenegro M
Recuerdo la primera vez que llegué a Upala. Lo primero que hice fue respirar hondo y repetirme mentalmente: “acá estoy, no me perdí”. Es que fueron tantas horas de viaje, de San José a Upala, que empecé a creer que quizás me había confundido y de vez en cuando, para asegurarme que no era así, revisaba el boleto de bus, y en la única parada que hace el bus, aproveché para preguntar al chofer: ¿cuánto queda de viaje? Tres horas, fue su respuesta.
De ese día hasta hoy han transcurrido seis años y así fue como Upala pasó de ser un lugar lejano y desconocido al territorio que ahora habito. No ha sido fácil, pero puedo decir sin duda alguna que la vida comunitaria que se siente por acá logró en mí que poco a poco me vaya integrando a esta gran comunidad de la Zona Norte.
Por eso, cada 15 de octubre, en el Día Internacional de las Mujeres Rurales, nos debe invitar a mirar a quienes sostienen la vida en el campo, pero más allá de las cifras de cuántas trabajan de manera remunerada o emprenden. Las estadísticas no alcanzan, porque solo muestran una pequeña fracción del impacto real de las mujeres en el desarrollo rural.
Transfronteriza escuché por primera vez; me llamó tanto la atención. Desde que migré, he ido acuñando nuevos términos alrededor de lo que implica la migración, pero esta palabra particularmente llamó mi atención. “Soy habitante transfronteriza” dijo la señora, que ahora no recuerdo su nombre y explicó cómo transcurría su vida en la ruralidad entre ambos países. Lo menciono, porque esta es una realidad que vine a conocer y entender en la zona norte, en esta Upala en la que en su himno cantonal en su quinta estrofa dice, “Los primeros vinieron del norte, brazos fuertes llenos de tesón”.
“Llegué a vivir a la ruralidad creyendo que venía a habitar un lugar. Con el tiempo entendí que habitar también era aprender sus ritmos, construir vínculos, encontrar mi lugar y descubrir que muchas de las cosas que sostienen la vida aquí ocurren lejos de las estadísticas”.
Entonces, al buscar el perfil ocupacional de las mujeres migrantes nicaragüenses que habitan en las zonas rurales de Costa Rica, como Upala, refleja una fuerte concentración en sectores de servicios y agricultura de subsistencia.
En el Semanario Universidad, en la sección suplementos, del 20 de junio de 2025, se lee “Estudio de ONU: 53.6% de migrantes y refugiados en Upala y Los Chiles trabajan en sector informal. Mujeres en situación de movilidad son las que enfrentan mayores desafíos para acceder a empleo y oportunidades”.
Entonces las estadísticas permiten que en el imaginario colectivo exista una idea compartida de lo que sería el aporte de la población migrante rural que vive en estas zonas; sin embargo, a esta mirada del aporte productivo y económico es necesario e imprescindible agregar el aporte a las dinámicas sociales comunitarias, participando activamente en la vida comunitaria, sumándose a espacios de participación ciudadana, de recreación y de intercambio de saberes.
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Las mujeres rurales migrantes producen alimentos, generan ingresos, cuidan y transmiten conocimientos, sostienen redes, participan en organizaciones, resuelven problemas comunitarios, crean emprendimientos, acompañan a otras mujeres, defienden bienes comunes, se organizan, se educan, migran dentro del mismo territorio, integran y construyen nuevas formas de comunidad.
No es poco, y aunque no se refleje en las estadísticas, las voces como la de Nuriz, la mía y la de otras estamos acá para recordar que la vida de nosotras las mujeres migrantes habitando las zonas rurales, no se limita a datos numéricos, sino que transcurre entre la vida cotidiana que pocas veces se visibiliza y reconoce, esa que parte del ser humana, de la convivencia comunitaria con otras que aunque no comparten la vivencia migratoria, se encuentran con nosotras al recibirnos y acogernos en sus territorios.
Y entonces, dónde aparecen estas contribuciones cuando se habla de “desarrollo rural”, porque como dije, buena parte de estas ocurren en el terreno de lo cotidiano.

Fotografía de Nuriz Sequeira desde Upala, Costa Rica. Créditos: Ximena CM.
Nuriz, por ejemplo, no tiene solamente un emprendimiento; su emprendimiento se convierte en un pequeño circuito de apoyo entre mujeres. Ella vende a otras mujeres, otras mujeres le compran, ella a su vez les compra productos a otras mujeres, incorpora su cultura gastronómica, y, de alguna manera, el dinero y los saberes de todas circulan dentro de esa pequeña red.
Dara Arguello, costarricense, nos comparte que en su adolescencia por razones de cuido, para cuidar de la abuelita de Dara, junto a su familia se trasladaron a la comunidad de Villa Hermosa, Upala, y que recuerda que para su mamá fue difícil generar oportunidades para ella y para apoyarla a Dara también le tocó realizar labores de cuido.
Luego ya siendo una joven salió a trabajar y estudiar a la ciudad, pero regresó a los 30 años, por un tema de salud y porque en su comunidad encontraba un espacio más tranquilo, justo para recuperarse y junto con otras mujeres identificó la oportunidad de pertenecer a AMECUP, y esto comenta le permitió encontrar rumbo a su vida.
Las dificultades que encontró fue acceso a empleo digno, la movilidad es bastante complicada, porque no hay tanto servicio de transporte público, entonces hay complicaciones en cuanto a temas de salir a estudiar, hacer mandados, hacer trámites y que hay que desplazarse a distancias muy largas.


Fotografías de Dara Arguello desde Upala, Costa Rica. Créditos: AMECUP.
Para mí todo este tema de poder darle un giro a mi vida, pues me trae como sentimientos encontrados, porque, por una parte, haber llegado a este lugar me permitió encontrar tranquilidad entre tanta angustia que tenía, de un espacio más limpio, más callado, más abierto, con más verde, con más recursos naturales, más paz y ese contexto también trae otras complicaciones como lo mencionaba antes.
Dara comparte también, que pensando un poco del aporte de las mujeres migrantes nicaragüenses y de su aporte a este contexto rural, al conocer a su abuela que fue de las primeras mujeres que llegaron al territorio, de las primeras familias que habitaron la comunidad, considera que han sido parte de los primeros aportes: este pueblo, Villa Hermosa, lo empezaron a construir nicaragüenses y se fueron sumando a la vida comunitaria, las mujeres se encargaron de levantar las primeras escuelas, iglesias, mejorar caminos, es decir que las mujeres jugaban, juegan y siguen jugando un papel importante en el desarrollo de las comunidades rurales.
Doña Vicenta es una de esas mujeres que Dara reconoce, y nos explica que es una persona reconocida por todas esas luchas que ella ha dado por las mujeres y las familias de esta comunidad, porque este era un lugar inhabitable cuando llegaron: Era pura montaña, solo árboles, animales salvajes, muchos mosquitos y ni siquiera había agua potable.
Las mujeres nicaragüenses migrantes que viven en este territorio también llegaron para construir historia, a formar parte de las narrativas comunitarias, como bien refiere Dara; y en este contexto continúan sumando sus voces y acciones para potenciar la convivencia y desarrollo comunitario, para ellas y sus familias.
Sin embargo, que esta mirada no sea solo para ver cuántas de ellas trabajan de manera remunerada y cuántas emprenden. Sino más bien, la verdadera invitación es a reconocer aquello que sucede en la cotidianidad, en la convivencia, en los conocimientos que se pasan de generación en generación, las que construyen redes, que acompañan a otras, las que migran y se organizan y que encuentran maneras de seguir adelante. No alcanzan las cifras, porque estas solo hablan de un pequeño aporte del que realmente realizan las mujeres en el desarrollo rural.
Quizás por eso, después de haber llegado a Upala hace seis años, veo y entiendo de otra manera aquella primera sensación de estar lejos de lo que sentía mi territorio y preguntarme si había llegado al lugar correcto. Porque habitar la ruralidad me ha enseñado que los territorios no se construyen desde las formalidades estadísticas, o la delimitación geográfica, sino también desde las personas que los habitan y sostienen, que construyen historias comunes desde los vínculos.
Las mujeres rurales nacidas aquí o que han llegado de otros lugares, sostienen, transforman y enriquecen todos los días.
Sobre la autora: Francis Montenegro Méndez es comunicadora social nicaragüense, apasionada por la comunicaión colaborativa y lo sprocesos colectivos con mujeres. Desde su quehacer apuesta por la escucha, el diálogo y la construcción colectiva como herraminetas para fortalecer las voces, experiencias y saberes colectivo, desde su prouyecto comunicacional, impulsa iniciativas que conectan historias.