Escrito por: Lucila Urtado
Hay dos conceptos que son la base para lo que pretendo y ojalá alcance a exponer en este artículo, siendo la salud mental el primero y la migración el que le sigue de cerca, ambos están intrínsecamente ligados en las personas, que sea por elección libre o por circunstancias ajenas a su voluntad han tenido que dejar la vida como la conocían e iniciar una nueva en un territorio que no es el propio.
En cuanto a la salud mental es importante recapitular y volver a los orígenes, este término tan importante tiene menos de 100 años de existir a como lo conocemos, siendo acuñado formalmente en los años 40 con la creación de la OMS, la cual define la salud mental como “un estado de bienestar mental que permite a las personas hacer frente a los momentos de estrés de la vida, desarrollar todo su potencial, aprender y trabajar adecuadamente y contribuir a su comunidad. Tiene un valor intrínseco e instrumental y es un derecho humano fundamental.”

Fotografía por Fausto Hernández
Teniendo esto presente, se vuelve lógico pensar que el estado en que se encuentre nuestra salud mental impacta directamente en nuestra calidad de vida y en la capacidad para afrontar las vivencias y tareas cotidianas que representa el estar vivas. De la misma manera, toda circunstancia, acontecimiento y situación en que nos encontremos tendrá un impacto directo en el estado en el que se encuentra nuestra salud mental.
La migración, por su lado se define como “el movimiento de personas de su lugar de residencia habitual a un nuevo lugar de residencia, ya sea cruzando una frontera internacional o dentro de un mismo país” y algo muy importante por conocer es también, el término de migración forzada que se refiere a “un movimiento migratorio que, aunque puede estar impulsado por diversos factores, entraña el recurso a la fuerza, la coacción o la coerción.” Ambos definidos por la Organización Internacional para las Migraciones y más importante aún, ambos términos atravesando profundamente las realidades de millones de personas.
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Sabiendo lo que significa la migración, entonces podemos comprender cómo este fenómeno tan humano, que ha estado presente en nuestro desarrollo desde que el mar es mar y en el cielo cuelga el sol, influye directamente sobre nuestro desarrollo y bienestar. Es un acontecimiento mayor en la vida de aquellas personas que han tomado la decisión, por autonomía o por situaciones ajenas a su voluntad y control, de cambiar de territorio, dar una vuelta a su realidad y enfrentarse al reto de vivir, sobrevivir y encontrarse fuera de la seguridad de sentirse pertenecientes al nuevo espacio que habitan.
Al crecer dentro de un territorio y un contexto determinado formamos identidad, el acento, la vestimenta, los gestos, la comida y hasta la manera en la que decimos “Hola” se vuelven partes inherentes de quienes somos. Y una vez construida esa identidad personal, nos damos cuenta de que esta se desarrolló gracias a que crecimos en un territorio que comparte, fomenta y abraza esos rasgos únicos que nos permiten sentir que pertenecemos.
Cuando ese entorno cambia, el paisaje y quienes lo habitan se vuelven otros. Aquello y aquellos que nos servían de espejo y reflejaban nuestra propia identidad desaparecen, faltándonos así ese puerto de anclaje donde ser como soy y ser quien soy ya no se siente ligero ni posible.
Nos asalta la pregunta: ¿y ahora quién soy yo dentro de este territorio? Una pregunta que suena simple, pero que desencadena un sinfín de cuestionamientos, dolores y cambios en la manera en la que enfrentamos el mundo, en la manera en la que percibimos al otro (ese otro que no nació donde yo nací) y, más importante aún, en la manera en la que me percibo a mí misma.
¿Tengo derecho a cambiar? ¿Quién soy de este lado de la línea imaginaria llamada frontera? ¿El gallo pinto con Lizano o sin ella? Puede que la última pregunta cuente con un tinte hasta gracioso o irónico; pero antes de tener que decidir, no te das cuenta de lo que un condimento le puede hacer a tus sentimientos. Puesto en tierra extranjera, el sabor a hogar te da un poquito más de ganas de seguir, te recuerda que la casita sigue en algún lado allá en la tierra donde dejaste el ombligo y te sostiene en los días donde la vida se oscurece y en el cielo de esa ciudad nueva que ahora llamas ¿hogar? (o algo que se le parezca) no deja de llover.
Al construirnos también dentro de un entorno social tenemos la oportunidad de contar con redes de soporte, que pueden ir desde nuestra familia, madre, padre, hermanos, tías, abuelas y la vasta composición de vínculos filiales de la que gozamos los latinoamericanos, hasta los amigos de la escuela, los vecinos de la cuadra, la muchacha que nos atiende en la pulperia, personas que componen nuestro día a día y nos van dando la oportunidad de sentir que pertenecemos a una comunidad, que somos una más de las fibras que componen el variopinto tejido de la vida en nuestro territorio.

Fotografía por Gael Ríos
Cuando migramos, el territorio se vuelve nuevo. La familia nuclear muchas veces se quedó atrás, a una llamada y miles de kilómetros de distancia; la muchacha de la pulpería ya no está y ahora te atiende alguien también ajeno a esta geografía en el minisuper de la esquina. Allá quedan personas con las que construiste tu comunidad y tu sentido de pertenencia. Se abre entonces la necesidad de encontrar esos espacios, personas y colectivos que te generen arraigo, donde podás sentirte nuevamente parte de un todo, una pieza que encaje en las nuevas formas que ahora se habitan.
Al crecer y adquirir derechos y responsabilidades, también nos llega el hacernos cargo de nuestra identidad legal, tener una cédula, gestionar un pasaporte, abrir una cuenta en el banco o realizar gestiones cotidianas que son necesarias para sostener la vida.
Todo esto se vuelve posible porque al pertenecer a un territorio contamos con las garantías que este nos da, sabemos que al “ser de aquí” podemos ejercer nuestros derechos o pelear por ellos en caso de ser necesario. En muchas ocasiones desde la colectividad construida, nos sentimos con la fuerza y el empuje de luchar por lo que sabemos que es nuestro.
El migrar nos vuelve vulnerables a las leyes, las arbitrariedades y los prejuicios que existen sobre aquellos con quien compartís el gentilicio, las garantías se vuelven escasas y la lucha por reivindicar aquellos derechos que tenemos solo por el hecho de existir, se vuelven parte de nuestra cotidianidad. El trámite que se vuelve eterno en migración, el empleador que casualmente “olvidó” inscribirte en el seguro, el funcionario del banco que no te acepta el pasaporte y el miedo cuando te piden la “cédula” y solo tenés esa que trajiste de la república de los perdidos y desperdigados por el mundo de donde venís.
Al migrar nuestra realidad cambia profundamente: el territorio se vuelve desconocido y deja de ser propio, las palabras son inusuales o completamente ajenas, en ocasiones también el idioma, el clima es otro y la comida sabe diferente, lo que entendíamos por vida da un giro y comenzamos a preguntarnos:
¿Cuál es mi lugar aquí? ¿Quién soy yo en este espacio? ¿Qué hago ahora? Y al entrar o en esta nueva realidad, en muchas ocasiones no elegida y completamente adversa, una donde las garantías se vuelven supuestos y la seguridad se pierde, la salud mental se ve retada e interpelada constantemente, el estado de bienestar se pierde y la supervivencia viene a salvar el día.
Según la OIM las personas refugiadas y migrantes tienen muchas más probabilidades de sufrir afecciones en su salud mental y al mismo tiempo son las poblaciones que se encuentran con mayores dificultades para acceder y mantener servicios de salud mental. Al exponerlo así, no puedo evitar que la desesperanza y la indignación vengan y me hagan compañía, como mujer migrante y en proceso de refugio que soy, esta realidad me atraviesa todos los días y me hace preguntarme también:
¿De dónde se sostiene la esperanza? ¿Cómo mantener ese estado de bienestar que es la salud mental en contextos tan adversos? preguntas que tuve la oportunidad de compartir con otra mujer migrante, un ser humano increíble y con quien comparto la idea a continuación:
“He aprendido que sostener mi salud mental no depende de una única herramienta. Es una combinación de redes, acompañamiento, autocuidado, espacios seguros, vínculos afectivos y, sobre todo, aprender a escucharme y reconocer qué necesito en cada momento. Y claro el privilegio de poder sostener económicamente acompañamiento profesional durante el proceso tanto desde la terapia y la medicación psiquiátrica.”

Fotografía por Magaly Taboada
Partiendo de esta premisa, quisiera exponer acá una de las herramientas de sostén de la salud mental que ha sido primordial para mí y para muchas: la comunidad y las redes que hemos construido. La posibilidad de encontrar a otros seres con los que se comparten las vivencias en el camino de la migración y la posibilidad de encontrarnos también con personas que pertenecen al territorio y nos dan la bienvenida.
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Construir esos vínculos permite sentirnos nuevamente personas que conforman una comunidad, que encuentran arraigo y construyen o reconstruyen su identidad, ya no solo desde la pérdida y el dolor, sino también desde la esperanza de saber que nuestra semilla de vida encuentra nuevamente tierra fértil donde florecer.
Las redes salvan, la comunidad sostiene y saber que contamos con un puerto seguro al que acercarnos cuando sentimos estar a punto de naufragar se vuelve vital para mantener y fortalecer la salud mental, para sabernos seres capaces de sostener la vida propia y de otros. Las redes que salvan nos vuelven tangible el adagio que agradezco que en esta colectiva se encuentre tan presente “migramos para vivir”, para vivir en paz, para vivir con dignidad y para vivir con alegría.
Sobre la autora: psicóloga nicaragüense con más de ocho años de experiencia en derechos humanos, migrante, solicitante de refugio y artista en ciernes. Una mujer en constante construcción que aprende día a día a habitarse y a habitar el mundo.