Migrar nos obliga a reconfigurar nuestra identidad: reconocer de dónde venimos, los caminos recorridos y el lugar que habitamos ahora. Cuando asumimos que ya no estamos de paso y decidimos hacer una vida lejos de casa, no basta con resolver la supervivencia. Integrarse, aportar a la sociedad que nos recibe y volver a sentirnos en casa es un trabajo cotidiano que permite resistir el cambio y darle sentido a la existencia en un nuevo entorno.
Por Mika Alba
¿De dónde vengo, a dónde voy?
Soy Mika Alba, una mujer argentina de 35 años. Hace 11 años decidí irme a probar suerte y no volví. Nací en Mar del Plata, una ciudad costera de Buenos Aires. A mis 24 años, sobrevivir en una ciudad turística atravesada por desigualdades, pocas oportunidades para la juventud y una creciente violencia machista se hacía cada vez más difícil. Pensé que la vida afuera podía ser mejor, o al menos diferente.
Soy la cuarta hija de cinco hermanos que crecimos en un barrio periférico, siempre fui disruptiva en mi familia, me gustaba el arte, la política, los deportes. A mis 18 años me independicé, mientras estudiaba Historia y Teatro. Amaba el mar, los conciertos y mis amigues.
Como estudiante había participado en la defensa de la educación pública, los derechos humanos, las mujeres y la diversidad. También milité en un partido de izquierda y, siendo referente, viví persecución, violencia y represión. La noche anterior a cruzar la frontera con Bolivia, la derecha más rancia ganó las elecciones presidenciales, me iba con la sensación amarga de haberlo dado todo por una sociedad mejor.

Fotografía cortesía de Mika Alba en la frontera de La Quiaca (Argentina – Bolivia).
De viajera a migrante
Pasaron los meses y luego los años. Volver dejó de ser una opción cercana. En el camino, aunque conocí personas hermosas que me ayudaron a crecer, descubrí que las estructuras de opresión también migran: cruzan las fronteras y permanecen, sexualizando, excluyendo y discriminando.
Después de tres años recorriendo Latinoamérica, regresé a Colombia con la ilusión de echar raíces, lejos de dependencias emocionales ,que a lo largo de mi vida se impusieron una y otra vez, como una especie de adoctrinamiento social al que me rehusaba a caer.
Con el tiempo, mis ahorros y algunos sueños se fueron desvaneciendo. Sin embargo, sobreviví junto a una comunidad venezolana que supo abrazarme y darme fuerzas. Cuando vi reducidas mis oportunidades, mi experiencia y capacidades perdían valor simplemente por ser mujer y “no ser de acá”, comprendí que ya no era una viajera: era migrante.


Fotografía cortesía de Mika Alba en Bogotá, Colombia.
Costa Rica, un país refugio lleno de desafíos
Llegué a Costa Rica en 2018 junto a mi compañero, un joven venezolano que conocí en Colombia. Nos conocimos haciendo arte y juntos nos propusimos salir adelante. Gracias al arte pudimos resignificar nuestra condición y construir una identidad.
Costa Rica aparecía como un lugar tranquilo y estable después de tanta violencia y desigualdad. Sin embargo, nuestra llegada coincidió con una enorme huelga general contra el Combo Fiscal. Durante un mes convivimos con luchadores sociales que nos recibieron como hermanos. Conocimos activistas, trabajadoras, estudiantes, feministas y migrantes nicaragüenses que llegaban al país huyendo de la dictadura de Ortega.
Puedo decir que tuvimos la suerte de ser recibidos por una comunidad que tiene mucha conciencia y empatía social, que hoy es nuestra familia costarricense. Pero también encontramos desigualdades, xenofobia, racismo y machismo estructural. Ser migrante colocaba nuestras decisiones y posibilidades en otro nivel de vulnerabilidad.

Fotografía cortesía de Mika Alba en San José, Costa Rica.
El estigma de ser migrante
El avance de los gobiernos de derecha profundizaba discursos xenófobos que nos ponían en el lugar de enemigo público. Mi compañero, como venezolano, sentía las miradas discriminatorias cuando decía de dónde era. En mi caso, ser argentina producía un trato diferente: la violencia a veces se disfraza de amabilidad, colocándome como objeto de deseo, mientras otras veces aparecía la acusación de venir a quitar trabajo. Al final, ambos éramos reducidos a una amenaza.
Te invitamos a leer la historia llamada "Entre el cuidado y la resistencia: ¿Cómo sostenemos la vida las mujeres jóvenes migrantes?" por Juanita Bonilla Mejía.
El fetiche de la mujer extranjera
Ser mujer extranjera implicó contradicciones. En Argentina también sentí miedo de caminar sola por la calle, era sexualizada como,” la morocha”,”la negrita”, era una piba más. En otros países tuve que explicar por qué viajaba sin marido. Desde que comencé a cruzar fronteras empecé a recibir el mote de “blanca”, “wera”, hasta me hablan en inglés.
En Costa Rica esto se volvió más pesado. Vivir en Guanacaste, donde la gentrificación nos expone a las latinas como mercancía y a las extranjeras como un blanco fácil de acoso, fue un desafío. Era la insinuación constante a que me prostituya, me case o tenga hijos para vivir sin preocupaciones, aprovechando mis “privilegios” como mujer “blanca, bonita y joven”.
Una experiencia en un supermercado de Tamarindo, donde un hombre me manoseó y luego justificó su comportamiento diciendo que “las cosas acá son así”, me hizo comprender que mi condición migrante también podía significar quedar sin apoyo, sin protección y que no existían tales “privilegios” de los que el racismo y machismo me buscaban convencer.
Familia migrante
Hace ocho años acompaño a Eduardo en su proceso como solicitante de refugio, que todavía no ha tenido respuesta. También a su familia, que ahora es la mía, su madre, su hermana y sobrinos. Las leyes establecen por la nacionalidad condiciones diferentes, aunque en la práctica todos compartimos una misma realidad.
Esto implicó incertidumbre y trámites que nos desestabilizan. Al principio, cruzar frontera cada tres meses, someterme a interrogatorios, revivir el trauma de una experiencia en México, donde migración me encerró en una celda por ser una mujer latinoamericana, me expulsó y me obligó a comenzar nuevamente.
Ahora como estudiante cuento con una condición migratoria temporal, pero también cuento con una familia venezolana que me acompaña en cada proceso. Tengo una sobrina tica que me llena de orgullo verla crecer, enfrentando las desigualdades desde muy pequeña.
Te invitamos a leer la historia llamada "No es falta de sueños, es ausencia de condiciones" por Tania Ortega.
La fuerza de la migración nicaragüense
La comunidad nicaragüense ha sido fundamental en nuestro proceso. Las mujeres migrantes organizadas nos acompañaron con información, apoyo y solidaridad. Ver florecer a las compañeras exiliadas, que vivan libremente su sexualidad, que puedan expresarse políticamente, llevar adelante sus proyectos, es todo un empuje.
Una comunidad emprendedora, que nos abrió espacio para mantener vivo nuestro proyecto artístico durante la pandemia. Agradecida siempre con Iris y La Feria Pinolera, que con una sonrisa en la cara, siempre nos dio ánimos para seguir adelante.

Fotografía cortesía de Mika Alba en San José, Costa Rica, junto a su amiga Iris (Nicaragua) y su compañero Edd (Venezuela).
Artista, migrante y feminista
En Costa Rica, estos procesos también me permitieron encontrarme conmigo misma y asumir tres dimensiones fundamentales de mi identidad: artista, migrante y feminista. Me organicé, estudié, trabajé y desarrollé proyectos que me permitieron transformar las experiencias vividas en creación.
Junto a mi compañero decidimos vivir del arte. El arte se convirtió en refugio, pero también en una herramienta para transformar espacios y construir identidad. Nuestro proyecto Soulab suma más de 70 murales en distintos lugares del país.
Una experiencia significativa fue intervenir un comedor infantil en El Llanito, una comunidad de Guanacaste donde viven familias migrantes. Ver a niñes migrantes apropiarse de su espacio con brocha y color, compartir sus historias y dejar sus nombres en las paredes me hizo comprender que nosotros también estábamos dejando una huella.

Más adelante pintamos en la frontera norte, en la terminal de Los Chiles, un proyecto destinado a dar la bienvenida a migrantes. Para mí, estar en una frontera era señal de peligro. Poder cambiar esa experiencia a través del arte: sentir que la comunidad local podía verme con orgullo, trabajar codo a codo con una compañera tica, que quienes recién llegaban me vieran como una esperanza y que la presencia de la policía de migración ya no me provocara miedo, significó una transformación profunda.
Sé que no llegué sola hasta aquí. Las luchas sociales latinoamericanas me enseñaron a no bajar los brazos, a construir comunidad y a defender lo nuestro. Mi familia supo apoyarme a la distancia en cada decisión, al igual que mis amigas me hicieron recordar siempre quien era, a recibirme las pocas veces que pude volver como si nunca me hubiera ido.
Hoy entiendo que mi identidad no se define únicamente por el lugar de donde vengo, ni por donde voy. También se construye a través de los vínculos, las luchas y los proyectos; las huellas que dejamos en el camino. Migrar fue transformar mi relación con el territorio, con los demás y conmigo misma. Resignificar mi condición migrante fue encontrar una manera de pertenecer sin borrar mi origen.
Me gusta decir que soy Argentica.
Sobre la autora: Mika Alba, es una migrante del sur de 35 años, ella es artista visual, diseñadora, muralista, activista política feminista y anticapitalista, que apuesta a la transformación social desde la participación, la acción y construcción de herramientas comunitarias. Amante de la naturaleza, la cultura y la comunicación. Una mujer nacida en Argentina que lleva 11 años fuera de su país buscando su lugar, en un mundo lleno de desigualdades y violencia.